Ballet: La Belle

Hablar de revisiones de los grandes clásicos requiere nombrar al sueco Mats Ek, que ya comenzó con esta labor en 1982, con su personalísima visión de Giselle; convirtiendo su reinterpretación de este ballet en un nuevo clásico. En este caso es el coreógrafo francés Jean-Christophe Maillot el que propone una revisión del clásico ballet de La Bella Durmiente del Bosque, en el que imprime su sello personal, tanto a nivel estético como a nivel dramatúrgico.

La Belle es un ballet con lenguaje clásico, pero la escena es innegablemente contemporánea. Lo más destacable a mi entender en este sentido es la apuesta por una blanquísima escenografía que configura el espacio junto con una acertada iluminación y un diseño de vestuario que es una obra de arte en sí mismo. Burbujas y globos pueblan el vestuario y la escenografía dando un carácter mágico a los dos primeros actos. La coreografía no queda ajena a la contemporaneidad, abriendo las fronteras de la técnica clásica a un digno uso del suelo y obviando el en dehors en muchos momentos a favor de un mayor realismo pantomímico.

En el plano dramatúrgico hay que señalar que La Belle está muy alejada de las claves narrativas del ballet de Petipa. Maillot propone una revisión del cuento de Perrault, actualizando parte de su trama. Sorprende mucho la escena del coro masculino que mediante movimientos pélvicos conduce a la Bella al letargo, frente al clásico accidente por el que la Bella se pincha el dedo con un huso.
Por otro lado cabe destacar que los papeles de la Reina Madre y la Hechicera que maldice a la Bella son interpretados en esta adaptación por un hombre, que confiere a estos roles mucho temperamento.
El coreógrafo añade a la narración un prólogo y epílogo algo manidos en el que un hombre cae dormido leyendo un libro y finalmente despierta descubriendo al público que todo fue una ensoñación; sin embargo es muy novedoso en cuanto al uso de las nuevas tecnologías de la video-proyección.

A nivel general llama mucho la atención el gran contraste entre el infantil y bucólico comienzo y el crudo desarrollo de la acción, que como espectador me dejó a partes iguales sorprendido y algo afectado emocionalmente. Aunque este contraste sirve para equilibrar lo edulcorado del comienzo; algo así como lo que ocurre al estallar una burbuja de jabón.

Me dio mucha pena no ver a Bernice Coppieters en el rol principal, bailarina para la que Maillot creó este ballet, aunque Noelani Pantastico me gustó mucho. La sensación de decepción no obstante vino por el cambio que el Teatro Real ha decidido hacer en los programas de mano. Reconozco el ahorro económico y ecológico, pero yo llevaba guardando con cariño todos los programas de mano de este teatro desde el 2005 por lo exquisito de su maquetación. Sobra decir que el programa de mano de este espectáculo ya está en la basura.